Apuntes históricos del Museo Nacional de Bellas Artes

Apuntes históricos del Museo Nacional de Bellas Artes

 Un cubano ilustre, el reputado arquitecto Emilio Heredia Mora (1872-1917), descendiente del gran poeta José María Heredia, hizo un llamado público el 1 de noviembre de 1910 en el diario La Discusión para recabar apoyo oficial de instituciones públicas y privadas con el fin de realizar el antiguo sueño de un museo. En el lapso de dos años, numerosas instituciones civiles y religiosas, artistas y coleccionistas, donaron, prestaron, depositaron o transfirieron lo que sería el núcleo inicial de sus colecciones sin que en sus inicios se proyectaran líneas de colección ni se vislumbrara perfil museal alguno. La mayoría de los donativos era de carácter histórico –tenía que ver con cubanos sobresalientes y mártires de la independencia – pero también con la arqueología, la etnografía, las artes, los archivos, la historia natural y el mobiliario. Entre las donaciones importantes de ese período cabe mencionar la efectuada en 1912 por la Academia de Pintura de San Alejandro, que cediera parte de su Galería Didáctica con un núcleo importante de pintura europea.

 Cuando se anuncia el Decreto #183, del 23 de febrero de 1913, ya la sociedad había contribuido con el empeño recolector y el Museo se inaugura oficialmente el 28 de abril de ese mismo año gracias a esas prestaciones públicas y a la voluntad de Heredia. Su primera sede estuvo ubicada en una sección del edificio conocido como Antiguo Frontón, en la calle Concordia esquina a Lucena, en el centro de la ciudad. En 1915 el Ayuntamiento de La Habana reclamó el emplazamiento y la joven institución tuvo que trasladarse al nuevo lugar que se le asignó en 1917. Se trataba de la Quinta de Toca, en la Avenida de Carlos III, que representó, a pesar de todo, un local más adecuado. No obstante, la nueva sede necesitó modificaciones que fueron costosas y que mantuvieron cerrada la institución hasta finales de 1917. Durante el año 1918 se produce un nuevo cierre y no es puesta a servicio público hasta el 20 de mayo de 1919. En 1917 fallece el arquitecto fundador, Heredia, y en 1918 es nombrado como Director Antonio Rodríguez Morey.

 Morey dedicó casi cincuenta años de su vida al Museo Nacional. Aún hoy, pasados los años, hay pocas zonas del trabajo especializado de la institución que no recuerden sus desvelos, que no tengan sus huellas directas, o que no nos auxilien todavía. El primer sistema integral de registro de obras, el Diccionario biográfico de autores cubanos, su impecable documentación y sus archivos, son parte esencial de la historia del Museo. Hasta su muerte, ocurrida en 1967, Rodríguez Morey fue el director tesonero y emprendedor que libró innumerables batallas por el mejoramiento de una institución que aún le debe honores.

 En 1923 el Museo vuelve a enfrentarse a una circunstancia nefasta: el Estado vende la Quinta de Toca a la orden religiosa Hermanos Lasalle y la institución sufre una nueva amenaza de desalojo. Esta vez, sin embargo, la audacia de Morey aplazó el ultimátum por varios meses. Ante la alerta de que las colecciones serían confinadas al campamento militar de Columbia, Morey reparte al personal del Museo y a dos estudiantes, entre los que se encontraba Julio Antonio Mella –el joven líder revolucionario- los fusiles de la Primera Guerra Mundial que tenía entre sus exponentes, protagonizando con ello un acto de valentía único en defensa del patrimonio.

 A la inhóspita e inadecuada casa familiar donde habían tenido su escuela los Hermanos Lasalle, en la calle Aguiar 108 ½ de la Habana Vieja, fueron a colocarse finalmente las variadas e irregulares colecciones del Museo, en un insólito y deslucido hospedaje de treinta años. El 6 de febrero de 1924 reabre sus precarias trece salas una entidad polivalente que incluía un inventario digno de una chambre de merveilles: objetos coloniales; reliquias de hombres célebres de Cuba; historia (incluida una sala sobre Máximo Gómez); etnografía; arte cubano colonial y contemporáneo; copias de cuadros célebres; obras de grandes maestros; piezas de la antigüedad; pintura extranjera; artes decorativas; lápidas conmemorativas, cañones del ejército español, y diversas armas de la época colonial.

 Paralelamente no dejó de producirse en todos estos años una contienda arquitectónica en busca de espacios para el Museo. Desde 1925 se había elegido un lugar para la institución, que es, por cierto, el mismo en que se asientan hoy las colecciones de arte cubano: la Plaza del Polvorín o Mercado de Colón, como se le conoció posteriormente, edificado entre 1882 y 1884. Dentro de los numerosos proyectos arquitectónicos que durante años se presentaran sobresalió, en 1925, el del famoso dúo Evelio Govantes y Félix Cabarrocas. En 1951, sin embargo, se impone el nuevo proyecto de Alfonso Rodríguez Pichardo que tenía como aspiración importante integrar las artes plásticas con la arquitectura –hecho singular en La Habana de ese momento- incorporando esculturas monumentales en el exterior, bajorrelieves, murales y otras esculturas en espacios interiores públicos y en los muros del patio central. El proyecto suscitó juicios tan dispares como el del Arq. Bens Arrate, deplorando el fin de las bellas arcadas coloniales del Mercado de Colón, emplazado en el lugar, y el del ilustre Alejo Carpentier, quien se felicitaba de que se levantara un moderno museo americano (1).

 Así pues, en la convulsa década del 50, luego del cuartelazo en que usurpa el poder, la tiranía de Batista “trata de rodearse de una aureola de aquiescencia popular y para ello viabiliza con fines propagandísticos algunas necesidades reales”, como escribiera Jorge Rigol, ese otro gran intelectual y artista que honró con su trabajo al Museo. (2) Y una de esas necesidades era, sin dudas, la del Museo Nacional, hacinado durante treinta años en una casa de familia. Por un paradójico camino viene a solventarse pues, en los más duros años de represión batistiana, el anhelo de cultura que representó siempre el proyecto del Museo Nacional. El Decreto Ley del 26 de febrero de 1954 creó oficialmente el Patronato de Bellas Artes y Museos Nacionales.

 El emplazamiento de las colecciones del Museo Nacional en el nuevo edificio del Palacio de Bellas Artes ocurre finalmente en 1955. La construcción de la flamante nueva sede sobre la base del proyecto de Pichardo, la constitución del Patronato, y la honestidad y firmeza de tantos años de Rodríguez Morey, reavivaron sin lugar a dudas las donaciones y depósitos que siempre acompañaron al Museo. Esta vez, importantes coleccionistas del país ofrecen depósitos de extraordinario valor para la institución. Sobresalen entre ellos el legado de María Ruiz Olivares, marquesa de Pinar del Río. En este valioso grupo de más de setenta obras, se destacan el nutrido conjunto de Eugenio Lucas, la magnífica Santa Catalina de Alejandría de Zurbarán, así como obras de Esteban Chartrand, Valentín Sanz Carta, y Víctor Patricio Landaluze, entre otros autores. El depósito de carácter permanente más célebre lo realizó en 1956 el Dr. Joaquín Gumá Herrera, conde de Lagunillas (3), con su fabulosa colección de arte antiguo de Egipto, Etruria, Grecia y Roma fundamentalmente, y en la que se distinguen los nueve retratos funerarios de Fayum y la espléndida colección de cerámica griega. Otros valiosos conjuntos como los de Julio Lobo, Oscar B. Cintas y José Gómez Mena, fueron también depositados en la nueva institución.

 Durante unos años el edificio alberga no sólo al Museo Nacional, sino al Instituto Nacional de Cultura, que era entonces una dependencia del Ministerio de Educación. Esta institución, dirigida por Guillermo de Zéndegui, y cuyo Director artístico era el pintor Mario Carreño, había estado llevando adelante una labor de adquisiciones orientada fundamentalmente al arte contemporáneo cubano (4). Proveniente de las obras premiadas en los Salones Nacionales de Bellas Artes fundamentalmente, el INC conformó la Sala Permanente de Artes Plásticas de Cuba, que se exhibía en la segunda planta del Palacio de Bellas Artes. Esta sala comprendía pintura, escultura y grabado, y era mayoritariamente moderna, aunque también incluía autores académicos. No era, sin embargo, una sala histórica; no tenía pintura colonial ni abarcaba toda la evolución de la plástica cubana. Desde el punto de vista del coleccionismo, podría decirse que este conjunto, al pasar a fines de los años 50 al fondo del Museo Nacional, complementó oportunamente los tesauros de este último con un perfil contemporáneo inexistente hasta entonces. Con el triunfo de la Revolución cubana en 1959, triunfa también la gran tradición de pensamiento y acción emancipatorios que había nacido en los albores mismos de nuestra nacionalidad. Al llevar a vías de hecho el gran proyecto de justicia social, la Revolución consuma un suceso cultural y creador sin precedentes para la Isla. No es fortuito, por tanto, que a la Revolución esté ligado indisolublemente uno de los cambios trascendentales en la vida relativamente joven del Museo Nacional: a cuarenta y seis años de fundado, un evento de política y de cultura lo compulsa a cambiar su concepción museológica polivalente, convirtiéndose en un museo de arte. El éxodo masivo de la burguesía nacional a inicios de los años sesenta, sacó a luz pública un cuantioso tesoro artístico poco conocido, que conformaba los bienes de la clase dominante y de los grupos de poder. El recién creado Departamento de Recuperación de Valores del Estado se encargó de dar cuenta de este acervo a través de diversas exposiciones públicas (5). El Museo Nacional, a la cabeza del cual se mantienía la respetada figura de Rodríguez Morey, se vió beneficiado por esta recuperación de obras de arte. Por otra parte, los importantes depósitos de colecciones particulares que se encontraban en el Museo desde 1955, formaron parte en lo adelante del patrimonio nacional (6). De esta manera, la institución acrecienta sus colecciones de forma significativa y tal saturación de sus perfiles museológicos permitió transferir los fondos de arqueología, historia y etnología hacia otras instituciones, de manera que el Museo se conviertió, exclusivamente, en una institución de arte.

 En 1964 cristalizó uno de los proyectos decisivos del Museo: las Galerías de arte cubano. Con ellas se ofrece el primer panorama histórico-crítico de las artes plásticas cubanas desde una perspectiva museológica, condensando tesauros largamente reunidos por diversas vías, que permitieron una reflexión más completa de varios siglos de arte en la Colonia, de la pintura académica, así como de varias generaciones de maestros modernos y contemporáneos.

 Conformado ya con sus Salas de la Antigüedad (Colección Lagunillas), las Salas Europeas y la Galería Cubana, el Museo se sumerge en la vida cultural del país. Un importante conjunto de exposiciones transitorias comienza a organizarse a partir de entonces. Se destacan, particularmente, las retrospectivas de Amelia Peláez, Portocarrero, Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Mariano y Pogolotti durante los años 60 y principios de los 70, las que contribuyeron a establecer la valoración crítica sobre la obra de estos autores, colocándolos a la altura que merecían sus trayectorias, no totalmente conocidas por entonces. Ya en los años 80, las retrospectivas de Umberto Peña, Raúl Martínez, Servando Cabrera Moreno y Alfredo Sosabravo, continuaron este camino de estudio y reflexión museológica en los maestros modernos. También es preciso mencionar varios espacios expositivos que instrumentaron, vistos hoy en retrospectiva, una verdadera tradición plástica: El artista del mes y El pequeño salón, comprometidos mayormente con el arte del día y donde exhibieron artistas como Antonia Eiriz, Raúl Martínez, Acosta León, entre otros grandes creadores.

 Otro eje esencial del trabajo museológico ha sido su labor educativa. Con un amplio plan de actividades para adultos y niños, el Museo puso a disposición de todos, la cultura que detentaban sus colecciones. Entre ellas merece citarse la novedosa Sala Didáctica, creada en 1966, y que permitía a los visitantes del Museo acercarse al lenguaje particular de las artes plásticas, como paso previo para dialogar con sus salas permanentes.

 No hubo prácticamente suceso relevante en la plástica que no tuviera acogida en el Museo: el Salón de Mayo de 1968, el ya mítico Salón 70, los Salones de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, los Salones de Paisaje y de Premiados, y las tres primeras ediciones de la Bienal de La Habana, para citar solo algunos. La cultura universal, por su parte, tuvo una gran acogida en nuestra institución. Piénsese, por ejemplo, en muestras colosales como Retrato de México, El Arte de los Tracios en la tierra búlgara, Tesoros del Perú arqueológico, Tapices franceses, entre muchas otras. Más recientemente, las muestras personales de Rauschenberg, Orozco, Miró, Picasso, Equipo Crónica y otras tantas, han prolongado una tradición que se abrió siempre a múltiples intereses culturales.

 No es hasta finales de la década de los 80 que comenzó a abrirse paso una nueva política de tesaurización que marca un viraje en su gestión patrimonial. Los frutos de esta política hicieron posible que las colecciones hayan crecido, modesta pero sostenidamente, durante los últimos años. Una mención especial merece el fuerte interés y la sensibilidad que han mostrado los curadores del Museo con respecto al arte contemporáneo. En contra de opiniones relativamente extendidas sobre el “conservadurismo” de la institución, lo cierto es que a partir de 1989 se movilizaron grandes esfuerzos investigativos, técnicos y financieros, para seguir el curso explosivo de la plástica cubana en el proyecto de coleccionismo más ambicioso y exhaustivo del país con respecto al arte contemporáneo.

 Durante las primeras décadas del siglo XX esta institución fue un museo polivalente: la historia, la arqueología, la etnografía, las artes decorativas y las artes plásticas formaban un conjunto azaroso y desdibujado. El impulso de la Revolución del 59 lo llevó a alcanzar su perfil de museo de bellas artes. Y el aumento continuo de sus colecciones lo transforma a partir de la remodelación capital culminada en 2001, en un gran complejo museal, donde un nuevo edificio histórico de la ciudad, el antiguo Centro Asturiano, alberga en lo adelante las colecciones extranjeras. Esta expansión esencial de los inmuebles y de las colecciones ofrece actualmente al público una oportunidad realmente valiosa de experiencia e interacción artística con un patrimonio que no sólo nos habla desde el pasado, sino que participa en la construcción de la cultura presente, y con ello, en la del futuro.

 Por: Corina Matamoros Tuma.

Notas

1.- Carpentier, Alejo; “Un nuevo museo americano”; Letra y Solfa; Artes Visuales 3, 26 de mayo de 1957, pp. 213- 214. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993.

2.- Rigol, Jorge. “Síntesis Histórica del Museo Nacional de Cuba”. Museo Nacional de Cuba. Pintura. Editorial Letras Cubanas/ Editorial de Artes Aurora, Leningrado, 1978.

3.- La Colección del conde de Lagunillas contó desde su entrada al Museo con un estato de depósito permanente. Lo mismo ocurre con el Legado Carvajal, ya mencionado.

4.- Revista del Instituto Nacional de Cultura, Ministerio de Educación. Volumen 1; Año 1; No. 1, diciembre 1955, La Habana.

5.- Bravet, Rogelio Luis. “Un tesoro de las mil y una noches”. Revista Bohemia, año 55, no. 43, 25 octubre, La Habana, 1963.

6.- Entrevista a Natalia Bolívar; noviembre 17 de 1999, La Habana. Participaron Maria del Carmen Rippe Moro, Luis Miguel Núñez y Corina Matamoros Tuma.

7.- Catálogo Galerías de Arte Cubano. Museo Nacional, Palacio de Bellas Artes, La Habana, julio 1964.